jueves, 29 de noviembre de 2007
sábado, 2 de junio de 2007
El Ataque.
viernes, 25 de mayo de 2007
domingo, 22 de abril de 2007
No soy tan grande

Me fascinan los laberintos de revistas infantiles. Se que ya estoy grande, mi esposa me lo dice todo el tiempo, pero este juego me llama mucho la atención. Por lo general son animales que tienen que penetrar los pasillos de tinta hasta su presa vegetal. Aunque también existen de diferentes temáticas. El que más me gusta es uno de un conejo y su zanahoria, me parece simpático y la ilustración es impecable.
Me divierte el hecho de que en estos juegos hay, por lo general, un total de cuatro caminos dentro de los cuales sólo uno es el correcto. Debe ser fascinante descubrir la respuesta a los tres años de vida. La sensación de satisfacción y orgullo, la imagino exquisita. Uno ve el conejo de un lado desesperándose por despegarse del papel y correr para llegar a la meta. Es un juego traicionero. Ver a ese animal de cuento hambriento, imposibilitado de movimiento obliga moralmente a uno a ayudarlo. Qué inhumano sería dejarlo allí solo y famélico. Entonces el niño, queriendo ayudarlo, toma un crayón, rojo por lo general y comienza a desgastarlo sobre la textura del papel, dejando un rastro desprolijo como Hansel y Gretel para que por la noche, cuando todos duerman, el conejo se escape y coma su zanahoria.
Escupen agua
Mi vida es un laberinto del que no puedo salir. Los pasillos son matas de hojas verdes y desde los quince años corro en él queriendo escapar para dejar atrás el anonimato encontrando en mí una personalidad, una mística que me separe del resto. Ningún recorrido nuevo termina con este provenir, por el contrario, las circunstancias siempre me devuelven al centro, donde duermo cada noche junto a una fuente con dos ángeles de mármol que escupen agua. Llegué a pensar, sin desearlo, que mi verdadero ser debe estar en ese lugar del laberinto, donde no tengo ninguna virtud destacada. Siguiendo este razonamiento es que yo, Carlos Villanca, estoy destinado a ser uno más entre la masa. Un hombre oculto en la multitud, un don nadie, alguien oxidado por la rutina y un salario miserable, un montón de carne picada luciendo un traje nuevo, un pez muerto flotando en estanques de capitalismo sin nada que envidiar. Pero no puede ser, yo no soy así, quiero ser alguien, en la próxima doblo a la derecha. Mis pulmones van a explotar de tanto correr. Ya falta poco. A la derecha. En pocos metros se bifurca el camino. Mi cuerpo sigue en piloto automático e inclinándose por el peso de mi corazón dobla erróneamente. Una luz blanca y majestuosa me hace cerrar los ojos. Cuando los abro veo nuevamente la fuente de agua en el centro del laberinto, donde dormiré esta noche junto a los dos ángeles de mármol que escupen agua.
sábado, 21 de abril de 2007
Ruptura 2
Mi ex novio es un raro. La verdad es que no se por qué comencé a salir con el. Yo tenia catorce, el tenía diez y siete. Cuando lo conocí era un chico normal lleno de problemas adolescentes igual que yo, pero nada más. Al pasar el tiempo me di cuenta que tenia una seria atracción por la moda. En su décimo octavo cumpleaños había dejado de ser un chico de bombachas de campo y alpargatas para ser dark, religión que dejó medio año después cuando la cultura rollinga se puso de auge en mi pueblo. Chapas largas, remeras y jeans rotos y ese característico pañuelo. Como con todo, el entusiasmo se le fue al poco tiempo cuando decidió hacer como su amigo y raparse ambos lados de la cabeza e incrustarse un aro a modo de toro. Pero su desbalance estético no terminó ahí. Después de soportar su hard punk conoció el maravilloso mundo de la electrónica. Todo volvió a cambiar y esta vez usaba remeras con estampa de consola y musculosas. Ni un músculo tenía el pobre. Y yo como novia fiel los seguía sin decir nada. Hace tres meses se pusieron de moda las calzas para las mujeres y él en un intento de originalidad se consiguió unas con estampado de tigre. Ese fue el fin de nuestro noviazgo. Cuando me preguntó por qué lo dejaba mi respuesta fue simple: no puedo salir con alguien que usa calzas de tigre para el cumpleaños de su suegro.
viernes, 20 de abril de 2007
Ruptura

El insomnio es mi mejor amigo desde el día en que cumplí treinta años, cuando ordenando el lío de mi
fiesta rompí el espejo de mi abuela. Muerto de miedo por los siete años de mala suerte, decidí comprar un
pegamento en la carpintería de abajo. Tardé toda la noche en pegarlo. Cuando quise dormir, él salió de la oscuridad queriendo ser mi compañero de vida. Nuestra amistad superó hace poco los tres años. Compartimos largas noches, estuvo conmigo en las buenas y en las malas. Se la bancó las noches en que el vino intentaba desplegar su efecto somnífero. Otras, sólo se quedaba ahí, haciéndome compañía en la soledad. Presenció varios de mis amores y me enseñó que lo más lindo de las mujeres se encuentra cuando están dormidas y llegan al punto más vivido de sus sueños. Cuando las mujeres escaseaban, fue testigo de mis largas intercambios de miradas románticas con el techo de mi habitación a quien nombré Greta para no sentirme intimidado por el hecho de que es masculino. Él es de esos amigos que nunca fallan. Cuando murió papá su presencia fue más firme que nunca. Se pasó la noche con su mano en mi hombro mientras yo lloraba, acompañándome en mi dolor. Pero ya no lo aguanto más, se convirtió en un pegote. Necesito mi espacio, caminar solo. Hoy frente al espejo que nos introdujo, mirando sus mil ojeras, le pienso decir que lo siento, aunque sea ingrato de mi parte.
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